viernes, 25 de mayo de 2012

¿EXISTE DIOS? LAS 4 RESPUESTAS DE SMITH


Todos los que nos declaramos ateos hemos tenido que escuchar en alguna ocasión objeciones parecidas a éstas: «¿Y si estás equivocado?». «¿Qué ocurre si Dios existe, si el cielo es real y no un cuento de hadas?».
Estos últimos días he recibido dos mensajes en esos términos.

Cada vez que un creyente se expresa de ese modo está, cuatro siglos después, volviendo a formular la que se conoce como apuesta de Pascal.
En resumen, lo que vino a decirnos el matemático francés es que es más prudente creer en su dios porque, caso de existir, se gana el cielo; y, de no existir, no se pierde nada. Elijo creer por si las moscas, para salvar mi pellejo de los fuegos de un hipotético infierno.
La apuesta de Pascal es débil moralmente, con ese siempre omnipresente dios-a-la-búsqueda-de-idolatría de los monoteísmos, que sólo te salva de la quema si le veneras y le dices muchas veces que él es el único y el más guapo, espejito, espejito.
No sólo moralmente, sino también intelectualmente, ya que desecha la posibilidad de que, si existe algún dios, pueda tratarse no del suyo, sino de cualquier otro de los miles a los que la humanidad adora o adoró. Es una opción que Pascal parece no haber considerado: la de haber elegido como objeto de su adoración al dios equivocado. La de no ser finalmente admitido en el club de la vida eterna por haber sido hincha de un equipo rival.
Puestos a jugar a la lotería contemplemos todas las probabilidades, señor Pascal, señoras y señores apostantes.

¿Existen los dioses o no? ¿Algo o alguien creó el universo y lo controla?
En 1979, en su búsqueda de respuestas a esas preguntas, el filósofo George Smith expuso un planteamiento que, desde entonces, se conoce por la apuesta de Smith. Voy a tratar de explicarla. Con mis propias palabras y mis propias cavilaciones, aclaro. No quiero que se le atribuyan al pobre Smith desvaríos verbales de los que sólo yo soy responsable.
Analicemos los casos posibles:

Caso 1. – No existe ningún dios. En este escenario, los creyentes de cualquiera de las religiones habrán pasado un tiempo precioso en diálogos infructuosos con seres imaginarios. En una primera reflexión, me digo que no tengo nada que objetar e esos diálogos. Rezar ayuda a la estabilidad emocional de muchos. Además, cada cual es libre de hablar con quien quiera y de creer lo que quiera, como si quiere creer que las piedras tienen alma.
El problema surge cuando líderes religiosos obtusos convencen a sus fieles para que arrojen esas piedras a la cabeza de los seguidores de otros dioses, de los ateos, de las mujeres, de los homosexuales... Por favor, crea usted en lo que quiera, pero deje de lanzar odio sobre mí, sobre los míos y sobre el resto de seres humanos. Es terriblemente frustrante comprobar cómo una y otra vez las visiones mitológicas del mundo se inmiscuyen en nuestras vidas, a veces hasta acabar con ellas.

Caso 2. – Existe algún dios pero es impersonal, del tipo en el que creen los deístas. Lo que vienen a decir los deístas es que hubo una causa primera. Que un ente está en el origen de todo. Que ese ente creó el universo con sus leyes para luego despreocuparse por completo, dejándonos a todos a nuestra suerte, sin intervenir. Y que no reparte ni premios ni castigos en juicios finales.
Si los deístas tienen razón, da igual que creamos o no en dioses: no seremos ni premiados ni castigados por ello.
Si los deístas tienen razón, no sirve de mucho rezar cuando tu equipo va a lanzar un penalty, ya que el dios en cuestión, respetando sus propios principios, no va a realizar una exhalación mágica que le dé más fuerza a la pelota, ni va a intervenir de ningún otro modo con sus superpoderes.
Si los deístas tienen razón, puedo entender el motivo por el que su dios-causa-primera se esconde tanto de nosotros: está lejos, muy lejos, en algún rincón remoto del universo, avergonzado, preguntándose aún qué falló.

Caso 3. – Existe un dios –o varios– y es un ser moralmente ejemplar.
De ser así, los ateos, por el hecho de serlo, no debemos tener miedo a que el fuego abrase nuestros traseros.
De ser así, la alabanza interesada, la apuesta a lo seguro tipo Pascal, sería mal vista por el tal ente moralmente superior.
De ser así, el vaivén insistente de nuestra frente en rítmicos golpeteos contra una alfombra o contra un muro no tendría ningún valor a los ojos de ese ente.
De ser así, las personas no seríamos juzgadas en función de si hemos santificado o no las fiestas, de si hemos honrado o no a un dios sobre todas las cosas, de si hemos tomado o no su nombre en vano... sino de si hemos pasado por esta vida haciendo el menor daño posible y, con suerte, algo de bien.
Desgraciadamente, dado lo que contemplamos, parece difícil que existan dioses moralmente ejemplares. Este caso se hace altamente improbable: ¿consentiría un ser éticamente superior todo lo que sucede por aquí? Si nos ama a todos por igual, ¿por qué a algunos los trata tan mal?

Caso 4. – Existe un dios y es tal como nos lo describen los monoteísmos. Pues, de ser así, agnósticos, escépticos, ateos, librepensadores, apostantes por los dioses equivocados... vayámonos todos al infierno. Pero con la cabeza alta. Con la conciencia tranquila. No queremos tratos con dioses que, en lugar de hablar por sí mismos, dando la cara, permiten que, a modo de voceros autorizados, actúen en su nombre líderes iracundos, rencorosos, retrógrados, intelectualmente cerriles, homófobos y misóginos.
Vayámonos todos al infierno: no queremos compartir morada eterna con dioses que castigan a personas honestas por no creer en ellos o por haber creído en otros dioses y que, por el contrario, admiten en su paraíso a terroristas. Ni con dioses que aceptan junto a ellos a cualquiera que, por muy infame que haya sido su vida, se arrepiente treinta segundos antes de morir y pronuncia las palabras mágicas: «creo en ti, acógeme a tu lado, oh, Señor».
Pero no sufran: no acabaremos en ningún infierno. ¡Es tan obvio que esos dioses vengativos y vanidosos han sido modelados a imagen y semejanza de sus creadores, los hombres!

Así que, ante la cuestión de si existen o no los dioses: dado que en cualquiera de los tres primeros escenarios los ateos no salimos perjudicados; y dado que el caso 4 es tan falto de sentido, tan absurdo, tan inverosímil para cualquier mente que se nutra de sensatez, me parece obvio que los ateos podemos dormir tranquilos.
           
Nos vemos en dos fines de semana, si les parece bien. Felices sueños.

viernes, 11 de mayo de 2012

¿COSAS QUE NUNCA CAMBIAN?


Leo en la prensa que el parlamento de Kuwait ha aprobado la pena de muerte para los blasfemos.
Todo musulmán que proclame ofensas contra el Corán, Alá, Mahoma o las esposas de Mahoma, recibirá matarile. Eso sí: si el blasfemo muestra arrepentimiento, será castigado sólo con cinco años de cárcel. La misericordia divina no conoce límites.

Sigo leyendo. Veo una luz al final del lúgubre túnel: seis parlamentarios votaron en contra de la ley.
«¡Bien hecho!», me digo a mí mismo. «Incluso en países donde el adoctrinamiento infantil es feroz y en los que el castigo para los que piensan por sí mismos es la muerte, incluso en esos lugares, hay gente que se rebela. ¡Benditos sean los seis indómitos!»...
Mi candidez tampoco tiene límites: los que votaron en contra no lo hicieron por las razones que yo creía. Si decidieron oponerse a la nueva ley es porque en ella no se incluye ni a Fátima (la hija de Mahoma), ni a los doce imanes venerados por los chiíes.

Las religiones de dios único se parecen enormemente a las politeístas, ésas a las que suelen mirar por encima del hombro. Los llamados monoteísmos, en realidad, no son tales. Tantos líderes santificados, tantos mártires, tantas madres, tantos hijos, ilustran que los monoteísmos se comportan, a la hora de la verdad, igual que los cultos reconocidamente politeístas, actuales y pasados: son múltiples los seres a los que veneran como divinidades.
Pero no es fácil que podamos dialogar sobre ese asunto con, por ejemplo, alguno de los diputados kuwaitíes. La máxima del filósofo Ortega y Gasset: «Cada vez que enseñes, enseña también a dudar de aquello que enseñas», no es una de las favoritas de las religiones. Con motivo, porque la duda acabaría por llevar a las futuras generaciones, casi inevitablemente, lejos de los dogmas. Para mantener el rebaño en el redil es mucho más efectiva la pena de muerte que la exposición razonada de argumentos, no me va usted a comparar.

Paso página. Parece ser que hoy en la prensa, los protagonistas, más que los propios dioses, son sus séquitos, tanto celestiales como terrenales. El arzobispo de Madrid ha autorizado la construcción de una capilla en Prado Nuevo, lugar al que ya acuden peregrinos por millares. Una vidente les ha conseguido convencer de que la virgen María se apareció allí varias veces.
            «La virgen dijo que, cuando estuviera construida la capilla, el agua de la fuente curaría», afirma Pedro Besari, presidente de la asociación que lucha para que la capilla sea una realidad.
            «¿Y por qué no empieza a curar ya?», es la pregunta que se me presenta como evidente. «¿Por qué un ser de naturaleza caritativa, lleno de amor, no empieza a obrar milagros sin esperar nada a cambio? ¿Y por qué lo que pide a cambio es algo tan mezquino como ser adorada?».
Según la vidente, la virgen ya le ha revelado las medidas exactas que desea para su capilla. No es broma. En fin... Lo único que hace que podamos perdonar a dioses y demás entes etéreos es que no existan. Que sean, como todo indica, fruto de la imaginación de los seres humanos. Porque, en caso de existir, algunos de nosotros, antes de encaminarnos hacia el infierno, querríamos hacerles unas cuantas preguntas más.
Da igual hacia dónde miremos: si lo hacemos con atención, tarde o temprano algo nos indicará que resulta inconcebible que este mundo sea de origen divino. Pero, a pesar de ello (o quizá a causa de ello), mucha gente busca consuelo en el más allá, en uno u otro tipo de paraíso celestial o de vida eterna, sumergiéndose aún más en creencias irracionales.
«La virgen dijo que, cuando estuviera construida la capilla, el agua de la fuente curaría. Por eso esperamos que, cuando esté finalizada la construcción, acuda muchísima más gente», añade el señor Besari.
¡Acabáramos! Entre Fátima (Portugal) y Lourdes (Francia) hay un largo trecho. Madrid se encuentra –kilómetro más, kilómetro menos– a la misma distancia de ambas. He contemplado en persona el colosal volumen de negocio que genera Lourdes. Entiendo que los poderes terrenales deseen que Madrid cuente con su propio centro de milagros.

Como suelo hacer cuando me da por pensar que hay cosas que nunca cambian, busco refugio en las palabras de otros. Me ofrecen algún alivio las de José Luis Sampedro: «Desde la primera infancia nos enseñan, primero, a creer lo que nos dicen las autoridades, los padres, la mayoría, el cura... y, luego, a razonar sobre lo que hemos creído. No, no, no. La libertad de pensamiento es al revés: primero razonar y luego creeremos...»
            Seguramente, a esa mayoría le resultará ya imposible invertir el orden y pasar a razonar primero para creer después. Quizá es demasiado tarde para la libertad mental de muchos. Pero no lo es para los más jóvenes.
Por eso, para que las cosas en el mundo vayan a mejor, se me antoja tan importante que los dogmas religiosos dejen de ser inculcados en los cerebros de los niños como si fuesen certezas absolutas. Por eso defiendo con absoluta convicción la idea de que las creencias religiosas deberían estudiarse en los colegios desde una perspectiva antropológica y sociológica, pero nunca como verdades demostradas. Y si, una vez adulta, una persona, tras haber aprendido a razonar, desea creer en uno u otro dios, o en varios, las religiones siempre estarán ahí, para ofrecerle sus milagros y sus consuelos metafísicos.
           
A veces, mi visión de un mundo en el que las creencias no vayan antes que las razones me parece utópica. Y en esos instantes cetrinos se apodera de mí la idea de que perdemos el tiempo, ustedes y yo. La idea de que no sirve de nada leer y escribir insistentemente sobre tanto sinsentido.
            Pero entonces, cuando el pesimismo casi parece haber vencido, traigo a mi memoria unos versos del poeta Kepa Murua: «Hacedlo con tacto, con educación. Pero con osadía, incluso sin miedo. Que poco a poco cambian las cosas que parece que nunca cambian».
Al fin y al cabo, hace no tanto, aquí también se mataba a los blasfemos. Y ya no ocurre.


Nos vemos en dos fines de semana, si les parece bien.


viernes, 27 de abril de 2012

¿POR QUÉ YO, SEÑOR?


«¿Por qué yo, Señor? ¿En qué me he equivocado? No bebo, no bailo, no digo juramentos. He hecho todo lo que dice la Biblia, incluso las cosas que contradicen a otras cosas».
Es el grito desesperado, pero a la vez lleno de humor, que se escucha de la boca de un personaje televisivo: Ned Flanders, el vecino de la familia Simpson. A los seguidores de la serie les habrá venido a la memoria enseguida su imagen, vestido con su habitual jersey verde. Flanders es un devoto creyente que sufre terriblemente cuando se pone en duda alguno de sus dogmas. Practica la caridad y es sincero hasta el extremo pero, al mismo tiempo, también muestra algunos de los rasgos más característicos de los ultraconservadores religiosos estadounidenses, como la intransigencia hacia otras religiones y, en definitiva, hacia todo lo diferente.

¿Por qué les hablo sobre el lamento quejumbroso que Flanders dirige a su dios? Porque suelo acordarme de él a menudo. Porque volví a acordarme de él hace sólo unos días.
            Fue mientras leía el mensaje que me envió una mujer, a la que no conozco, pero que, al parecer, lee estos artículos. Me contaba que hace no mucho falleció su marido. La frase concreta que me hizo pensar en Flanders fue: «Después de lo que me ha pasado, ya no sé si creer o no creer».

La muerte de gente querida es una situación a la que, tarde o temprano, habremos de enfrentarnos todos por igual, creyentes y no creyentes. En eso consiste la muerte: no en la muerte propia, sino en la muerte del otro. De dos que un día decidieron caminar juntos, al final uno habrá de hacer el último paseo a solas, de vuelta del cementerio, tras enterrar al otro.
Cuando ese momento llega, en muchos casos los creyentes se refugian aún más en su dios. No es de extrañar: una de las funciones primigenias de la creencia en dioses es que sus paraísos ofrezcan algún tipo de consuelo a los que se quedan por aquí abajo.

Pero en otros casos, al estado de shock inicial le siguen la inseguridad y las dudas sobre sus creencias. Hasta que la muerte del otro les sacude las entrañas, habían conseguido vivir en un pequeño mundo relativamente manejable, con momentos duros de soportar, por supuesto, pero sostenidos por la creencia en que su dios les protegía y, en realidad, aislados y lejos de todos esos millones de seres, humanos y no humanos, que cada día sufren y enferman sin cesar y que, al final, acabarán por morir como único modo de dejar de padecer.
La pobreza extrema, los terremotos, las inundaciones, los accidentes de tráfico, son cosas que vemos en las noticias y que sabemos ciertas. Pero lo sabemos sólo en abstracto, no en concreto. Es muy raro que alguien sea tan empático como para que la muerte televisada de mil hijos ajenos le haga sufrir ni la milésima parte que la muerte de un solo hijo propio.

Y mientras tanto, hasta que el estrépito de la muerte inesperada de un ser querido nos hace reaccionar, si alguien, sirviéndose de su sentido común, osa preguntar en voz alta sobre qué tipo de dios bondadoso permitiría que viviésemos en un mundo como éste, en un mundo lleno de niños esclavos que cultivan cacao para un chocolate que nunca probarán, que mueren por miles antes de haber podido siquiera saber lo que es un abrazo... si alguien se atreve, enseguida será tachado de demagogo.
¿Demagogo? La gran diferencia entre los dioses y las cosas reales es que la realidad, aunque dejes de creer en ella, aunque no quieras mirarla a los ojos, aunque la llames demagogia y no quieras sacarla en tus conversaciones, no por ello desaparece: sigue ahí. Sí, es cierto que el punto en el que sigue se encuentra muy alejado de nuestra pequeña y cómoda burbuja particular. Pero por distante que sea ese punto, la realidad ahí sigue.

Cuando finalmente tienen que enfrentarse a una muerte no televisiva, a algunas personas les da buen resultado seguir creyendo en sus dioses y en sus cielos, y sumergirse aún más en el autoengaño, como medio de aliviar su dolor.
Sin embargo, otras personas acaban por darse cuenta de que la teología no es de ninguna ayuda. Como dijo otro estadounidense, como Flanders (aunque en este caso no se trata de un personaje de ficción, sino de un escritor de ciencia-ficción), Robert A. Heinlein: «La teología es como buscar, en medio de la noche y en un sótano sin luz, a un gato negro que, además, no está ahí».
Estas otras personas, una vez obligadas por el destino a afrontar la realidad, se sentirán en la Tierra como nos sentimos todos, como minúsculos caminantes, pero ya no como caminantes en tránsito hacia otra vida, pues empezarán a sospechar que no la hay.
Estas otras personas comenzarán a vislumbrar cuánta razón tenía Freud cuando escribió: «La idea de Dios no tiene su origen en ningún dios, sino en los seres humanos. En el sentimiento de frustración que el hombre dirige hacia un ser imaginario al que llama padre».

Las creencias religiosas se parecen mucho a esas píldoras que el médico recomienda que tragues enteras, sin masticar. Porque una vez uno ha empezado a diseccionar, a hacer trocitos, a deglutir, a cuestionar la bondad y la utilidad de cada parte, uno se da cuenta de que el castillo de naipes se derrumba por completo, sin remedio.
            Quizá por eso tantas personas prefieren no cuestionarse nada en lo relativo a su fe: porque en el fondo saben que, si empiezan a hacerlo, si empiezan a dudar, el autoengaño quedará destapado por completo.

Las creencias religiosas ofrecen consuelo y alivio a miles de millones de personas en el mundo. Y los estados modernos deben garantizar que esas personas puedan seguir sus rituales y ceremonias en completa libertad, para que sigan disfrutando del confort metafísico que les ofrecen.
Ahora bien, sin permitir en ningún caso que esas creencias interfieran en asuntos “terrenales”, porque la historia (incluida la más reciente) nos ha enseñado en demasiadas ocasiones que, como dijo Voltaire, «quien puede llevar a otros a creer en absurdos, también puede obligarles a cometer atrocidades».


Si quieren que sigamos caminando juntos, les espero por aquí dentro de dos fines de semana.

viernes, 13 de abril de 2012

ADORANDO MADERA



«¡Guapa!... ¡Qué hermosa eres!... ¡Guapa!».
Dos niñas gritan, emocionadas. Sus madres sonríen orgullosas, conmovidas por la devoción de las hijas. Las voces de las pequeñas, agudas, destacan entre otras más roncas.
La destinataria de los piropos es una talla en madera de no sé bien qué virgen. Rodeada de cirios, es llevada a hombros por unos doscientos costaleros. El público aplaude con fervor.

Paseo por Málaga, con el espíritu curioso, buscando entender, atrapar esencias, descubrir misterios...

Mi esposa y yo nos mezclamos entre la gente.
Observo y escucho. Abro bien los ojos y los oídos, atento a todo. Aquí y allá atrapo retazos de conversaciones.
Un grupito mantiene una que despierta mi interés. Un hombre joven defiende que este espectáculo de gente apasionada y entregada es muy bueno para la ciudad, porque atrae turistas y no están los tiempos como para rechazar ingresos; pero, al mismo tiempo, expresa a media voz su incredulidad ante la parte de devoción verdadera que pueda contener.
Un señor de más edad inicia su réplica: «los ateos, los que no creéis en nada...»  Tengo que hacer un gran esfuerzo para seguir escuchándole. Y otro para no intervenir en defensa del joven, el cual, falto de palabras, o quizá intimidado por la autoridad con la que se expresaba el otro, no volvió a decir nada durante el tiempo que estuve yo cerca.
En '¿Dónde está Dios, papá?' dedico varios párrafos a aclarar esa confusión malintencionada, tan habitual, entre ateísmo y nihilismo. Así que, por no repetirme, no quiero avanzar nada de lo que en el libro digo al respecto.
       Pero, en Málaga, al escuchar eso de «los ateos, los que no creéis en nada...», recordé vagamente unas palabras de las que no me serví cuando escribí el libro pero creo le habrían venido muy bien en su conversación a nuestro joven amigo. A mi vuelta a casa las conseguí encontrar, para traducirlas tal cual. Las escribió la divulgadora científica australiana Lynne Kelly: «Algunos creyentes nos dicen a los escépticos que [sin mitos] no nos queda nada, salvo un mundo científico, frío y aburrido... Me quedan tan sólo el arte, la música, la literatura, el teatro, la grandiosidad de la naturaleza, las matemáticas, el espíritu humano, el sexo, el cosmos, la amistad, la historia, la ciencia, la imaginación, los sueños, los océanos, las montañas, el amor y la maravilla del nacimiento... Con eso me bastará».
            Los ateos creemos en muchísimas cosas. Y nos emocionamos hasta el llanto con muchas otras, aunque no nos conmuevan los iconos sagrados de madera, ni el supuesto poder mágico de las deidades imaginarias.

Sigo pensando, mientras paseo, veo y contemplo.
Intuyo que la mayoría de los adultos religiosos siguen creyendo en las cosas que sus religiones cuentan, no porque sean ciertas o dejen de serlo, sino porque, por un motivo u otro, necesitan creerlas. Para los ateos, sin embargo, las religiones son como ese mueble, fuera de sitio (fuera de época), contra el que nos topamos siempre, aunque sepamos cómo es y dónde está colocado.
Al respecto, se me antoja que las palabras que algunos atribuyen a, precisamente un andaluz, Séneca, siguen siendo válidas dos mil años después de su muerte: «la religión es vista por la gente común como verdadera, por los sabios como falsa, y por los gobernantes como útil».
Muy útil, la religión. La religión y el fútbol, querido Séneca. Tú no llegaste a conocer la nueva adormecedera universal que nos embriaga a muchos: el fútbol. Mientras pienso en ti me entero, entre el público, vía el móvil de un muchacho que tengo al lado, de que el Milan acaba de marcar un gol que, de terminar así el partido, eliminaría al Barça de la Champions League. La noticia se extiende con una rapidez milagrosa entre los miles de presentes. La gente ahora reza con más devoción. «¡Que Messi meta rápidamente un gol, Cristo de la Buena Muerte! ¡Apiádate de nosotros, no nos hagas sufrir así!». Algún otro también reza, con mayor intensidad incluso, pero en su caso rogando al altísimo para que Messi se rompa la tibia. Piadoso sentimiento que –embutido en una túnica, quizá no casualmente de color blanco– comparte en voz alta con sus amigos.

Nuestros ancestros veían morir a su alrededor a sus hermanos, a sus hijos, a otros miembros de la tribu... Y ello a diario, constantemente. La esperanza de vida era bajísima. La mortalidad infantil, descorazonadora. No es de extrañar que llegaran a creer que los sacrificios agradaban a los dioses. Si las criaturas, humanas y no humanas, mueren sin cesar, será porque a los dioses les gusta. Hagamos que estén contentos sacrificando para ellos, en este altar, una gallina, un buey, a un guerrero enemigo. Mejor aún: a uno de los nuestros, a uno de nuestros hijos. Veréis cómo vuelve a llover pronto.
            Esa creencia –pueril pero comprensible, dado el nulo conocimiento científico del mundo que aquellos humanos tenían– ha acabado por llegar hasta nuestros días a través del Cristianismo y de su historia sobre un profeta hijo de Dios que se sacrifica voluntariamente para que su padre esté contento (¡qué padre real disfrutaría con eso!) y perdone al resto de humanos de una mancha maligna (¿¿??) que él mismo quiso que tuviéramos (ya que fue él mismo, todopoderoso, quien nos creó tal como somos)... Pero no hemos de preocuparnos por la suerte del profeta: dado que el hijo es a su vez el padre (habría de completarse el todo con una paloma, pero se me alargaría demasiado el párrafo), y está dotado de poderes mágicos, consiguió resucitar, y ahora nos contempla plácidamente desde algún lugar por encima del arco iris, junto a su padre (es decir, junto a él mismo), ese padre amoroso que creó este mundo-parque-de-atracciones especialmente para nosotros, para que no dejáramos de divertirnos. Lo cual, por cierto, no le ha salido muy bien, podrían pensar los miles de habitantes del Sahel que van a empezar a morir de hambre en las próximas semanas.
            Si les ocurre a ustedes como a mí, es decir, si no le encuentran ningún sentido a las historias que nos cuentan las religiones, puede que, sencillamente, se hayan olvidado ustedes de seccionar el cableado de la sensatez.

Sigo capturando, aquí y allá, trozos de conversaciones y escenas –es lo bueno de disolverse entre la multitud.
Una última imagen queda grabada en mi disco duro. Cerca de nosotros hay un matrimonio alemán, más o menos de nuestra edad. ¿Cómo sé que son matrimonio? ¿Cómo sé que son alemanes? Pues, sencillamente, sé que es así. Tengo la certeza, deben ustedes tener fe en mí (es lo que tiene llevar mucho rato inmerso en una atmósfera de febrilidad religiosa colectiva).
            La señora alemana tiene ese brillo en los ojos de aquél que está viviendo en directo sensaciones que los documentales no son capaces de despertar. Nos miramos. Nos entendemos. Sí, soy español, pero yo también estoy alucinando con todo esto, cual extraterrestre desorientado, como le está pasando a usted, señora. Los dos somos igualmente antropólogos, en estos momentos. Aquí estamos, yo, como usted, pasando la tarde... Adorando madera... ¡Guapa!

¡Hasta dentro de dos fines de semana, queridos lectores! 

viernes, 30 de marzo de 2012

¿POR QUÉ UN ATEO HABLA TANTO DE DIOSES?


«Los ateos me aburren: siempre están hablando de Dios». Lo escribió Heinrich Böll en su novela Opiniones de un payaso. El protagonista es ateo y de profesión payaso: muy propio de la fina ironía del católico Böll. Nadie se libraba de la causticidad del escritor alemán.

«¿Será cierto que los ateos estamos siempre hablando de dioses?», me da por cuestionarme. «Y, si es así, ¿por qué?».
            La primera pregunta es sencilla de responder. No, no es cierto que sea siempre y –sobre todo– no es cierto que todos los ateos hablemos sobre dioses. La mayoría no lo hace: es el suyo un ateísmo silencioso.
Así que me parece justo que, tratando de responder a la segunda pregunta, hable sólo por mí, ya que, por otra parte, no soy nadie para erigirme en portavoz de otros.

¿Por qué yo hablo tanto de dioses? Alguien que lee este blog cree conocer la respuesta, ya que me dejó el siguiente comentario: «En el fondo, debes de tener una búsqueda de Dios muy profunda, si es que tanto te importa».
            No, no se trata de eso, estimado lector o lectora. Tengo clara mi no-fe, aunque dejando siempre la puerta abierta, por supuesto, a que puedo estar equivocado: en el momento en que cualquier prueba, indicio o sospecha me haga barruntar que existe en los cielos algún ente sobrenatural, reconsideraré de inmediato mi opinión. Entretanto, seguiré intentando entender por qué, si Dios me creó a su imagen y semejanza, no soy yo invisible.

Se trata de una búsqueda, eso sí es cierto. Pero una búsqueda de conocimiento. Nunca nada me ha parecido tan cautivador como tratar de comprender al ser humano. Siempre me ha apasionado cualquier cuestión relacionada con esa búsqueda de saber por qué hacemos lo que hacemos o por qué creemos lo que creemos.
            Y en esa búsqueda, en ese intento de encontrar respuestas a mis preguntas, las creencias religiosas siempre se me han presentado como un tremendo enigma. Está bien, entiendo que responden a necesidades emocionales más allá de cualquier cuestionamiento racional, y entiendo también que para muchas personas los dioses son como ideas innatas, dado lo agresivo del adoctrinamiento que sufrieron en su infancia, pero, de todas formas... ¿Cómo tanta gente –la mayoría de la población mundial, de hecho– puede seguir creyendo ciertas cosas?
            Esa misma pregunta se la hacía George Carlin, otro cáustico. Carlin viene especialmente al caso para este artículo ya que también se trata –como el protagonista de la novela de Böll– de un payaso. Es, incluso después de muerto, uno de los cómicos más conocidos de Norteamérica. Sus palabras expresan fielmente mi propia fascinación, mi asombro, mi pasmo, ante el predicamento que siguen teniendo las religiones, incluso entre personas cultas: «La religión ha convencido realmente a la gente de que, viviendo en el cielo, hay un hombre invisible que contempla todo lo que haces en cada minuto de cada día de tu vida. Y de que tiene una lista de diez cosas que no quiere que hagas. Y de que si haces cualquiera de esas cosas tiene un lugar especial lleno de fuego, humo, cenizas y tormentos al que te enviará para sufrir, arder, gritar y llorar para siempre hasta el final de los tiempos... Pero te ama».

¿Por qué hablo tanto de religiones? Pues, además de porque busco respuestas para mi asombro, también hablo de religiones sencillamente porque sus creencias infundadas nos gobiernan a todos. Legítima defensa, podríamos llamarlo. Las religiones me importan porque siguen interviniendo en muchos aspectos de la vida de cualquiera, aunque ese cualquiera no crea en ningún dios. La lista daría para cien artículos...
Para empezar, la mayor parte de las religiones, especialmente los tres grandes monoteísmos, siguen siendo la principal fuerza de oposición a que se reconozca sin tapujos la igualdad de derechos entre seres humanos, independientemente de si se es varón o hembra (el desfase entre el avance de los derechos civiles de las mujeres y cómo son tratadas por las religiones clama a todos los cielos), de la orientación sexual (repito respecto a los homosexuales lo dicho sobre las mujeres en el paréntesis anterior) y del credo de cada uno, por ejemplo. Esto último es lo más caricaturesco de todo: son las propias religiones y no el ateísmo (los ateos, por lo general, defendemos sin tibieza estados laicos garantes de la libertad de culto) las que más obstáculos ponen a la libertad para profesar otras religiones.
También nos afectan a todos las creencias religiosas porque siguen siendo una de las causas más explicativas de los conflictos vivos en el mundo.
Podemos seguir con nuestra lista hablando de su negativa frontal por defecto a cualquier cosa que huela a progreso y a avance científico. Me cuesta horrores, por ejemplo, entender esa oposición cerril a la selección genética con vistas a que un hermano por venir pueda salvar a otro ya existente y enfermo. No me cuesta ningún esfuerzo, por el contrario, ponerme en el lugar de los padres. En eso deberían quizá insistir más las religiones, en ponerse en el lugar del otro, y no en el ciego acatamiento de unos dogmas dictados por gentes que, nacidas hace miles de años, no podían encontrar para sus preguntas existenciales mejor explicación que ésta: hay en el cielo unos dioses todopoderosos que, aburridos, crearon a capricho criaturas para después poder entretenerse contemplando su sufrimiento; pero si les adoramos con sumisión y rezamos con la bastante fuerza, pueden interceder para aliviarnos ocasionalmente de esos pesares que ellos mismos crearon. Rocambolesco.
Y ¿qué tiene de malo usar un condón? ¿Pero qué tiene de moralmente malo? Necesito imperiosamente que alguien me lo explique, porque, de no ser así, un día me estallará la sesera. Pero que me lo explique con razonamientos del siglo XXI, si no es mucho pedir. Que no me diga que su dios así lo quiere.
Y, de paso, que me explique también por qué unas personas que eligieron la castidad para sus vidas se creen capacitadas para enseñar ex catedra a las más jóvenes qué prácticas sexuales son correctas y cuáles no.
          Y no me sirve que me digan que todas esas cosas se enseñan sólo a niños católicos, o sólo a niños de tal religión o de tal otra. Porque los niños deberían ser tratados como lo que son: sólo niños, no como niños cristianos, niños judíos, niños musulmanes... Precisamente, si no se les adoctrinara desde tan jóvenes a creer los sinsentidos propios de la religión de sus familias, si las religiones pudieran ser elegidas como una opción personal al llegar a la mayoría de edad, tendría yo mucho menos que decir sobre dioses y religiones.

¿Por qué algunos ateos hablamos tanto de dioses? Pues quizá porque somos los que nos tomamos esto realmente en serio.
Le cedo la palabra, para que explique lo que quiero decir, al filósofo inglés Galen Strawson: «Creer en Dios es un insulto a Dios. Porque, por un lado, creer en él supone acusarle de haber perpetrado actos de una crueldad extrema. Y porque, por otro lado, creer en él implica suponer que, perversamente, ha dotado a las criaturas humanas de un instrumento –el intelecto– que inevitablemente les lleva [...] a negar su existencia. Es tentador concluir que, si existe, será a los ateos a los que más ame [...] Porque son ellos los que más en serio se lo han tomado».
Ironías de la vida.

Les espero por aquí dentro de dos fines de semana.

viernes, 16 de marzo de 2012

LAS CERTEZAS DE LAS RELIGIONES


Asegura un lector en un comentario: «no me apura desconocer la religión musulmana o la hindú, ya que la ÚNICA religión verdadera es la católica».
            [Parece ser que en el mundo virtual escribir con mayúsculas equivale a gritar. Por eso he mantenido la palabra “única” en mayúsculas: para dejar constancia de toda la energía que el lector quiso transmitirnos con su mensaje].

Aseguran con la misma fuerza los musulmanes que no hay más dios que Alá – y que Alá es grande.
Aseguran los krisnaítas que el más digno de nuestra adoración es el dios Krisná.
Aseguran los sintoístas que se ha de reverenciar a la diosa Amaterasu.
Aseguran los shivaistas que Shivá es el dios más importante de la trinidad hindú (Shivá, Brahmá y Visnú).
Aseguran los cristianos unitarios que la razón está del lado del que niega la santísima trinidad católica.
Aseguran los luteranos que los papas católicos no son en absoluto representantes de Dios en la tierra.
Aseguran los seguidores de la religión rastafari que Haile Selassie es un enviado divino para la liberación de África.
           Aseguran los bahaístas que Bahaulá es el último de los mesías.
Aseguraban los antiguos egipcios que Osiris resucitó al tercer día después de muerto (¡por qué me sonará tanto esta historia!).
Aseguraban sin ningún asomo de duda los antiguos griegos que Afrodita era la más bella de las diosas.
            Aseguraban los celtas que Balar contaba con un ojo en la frente y otro en la parte posterior de la cabeza...

Sostenemos muchos que si cualquiera de esos dioses – o todos ellos – existieran, no haría falta siquiera pedir pruebas de su existencia.
Preguntamos unos cuantos inocentemente por qué, si realmente existen, les gusta tanto jugar al escondite.
Observamos algunos que, de los miles de dioses con los que cuenta la humanidad, el dios que nuestra familia y nuestro entorno nos enseñan como cierto cuando somos niños, es, casualmente, el único verdadero. ¡Qué maravillosa coincidencia y qué gran suerte! Siempre gusta saber que uno está en el equipo de los que mejor juegan.
Opinamos ciertos de nosotros que todos los humanos somos ateos, en mayor o menor medida. Algunos lo somos de todos los dioses, vírgenes, profetas y santos, mientras que otros lo son de todos menos de unos pocos: los que les calzaron en sus mentes siendo niños, variables según el rincón del mundo, la familia y la época en la que nacieran.

La religión de mi infancia fue el catolicismo, como supongo también fue la del lector al que aludo al inicio de este artículo. Pero, en mi caso, la facilidad con la que me daba cuenta de que los dioses de otros lugares y otras épocas eran simples mitos me hizo percatarme de que quizá también era un mito aquel dios al que querían que venerase pero que no me podían mostrar.
No tengo nada personal contra los seguidores de ninguno de los dioses en particular. De la misma manera que mantengo que no existe el dios o los dioses a los que adora una religión dada, opino que también son imaginarios los dioses a los que adoran las otras... No es personal, ya les digo. Fundamentalmente porque pienso que lo que importan son los actos, mucho más que las creencias. Como ya he hecho otras veces antes, quiero recalcar mi respeto al derecho que cada persona tiene a creer en lo que quiera y mi admiración por las buenas acciones que realicen los incondicionales de Dios, Yahvé, Alá, Ganesha, Mamacocha....

¿Por qué, entonces, esa insistencia mía en difundir la opinión de que todos los dioses son imaginarios? «Déjenos usted en paz, a cada uno con nuestras creencias», podría decirme un cristiano, un mahometano, un animista, un adorador de Baco, un seguidor de la iglesia Elvis-sigue-vivo...
¿Por qué mi insistencia, me preguntan?
En primer lugar, porque no quiero desaprovechar mi condición de favorecido por el azar. En buena parte del mundo aún hoy me matarían por escribir las cosas que escribo. Y lo mismo me habría ocurrido de haber nacido yo aquí mismo unos siglos antes. Algunas religiones – gracias a todo el terreno que no les ha quedado más remedio que ir cediendo – en este minuto de la historia de la humanidad, y en sólo algunos pequeñas zonas del planeta, se nos presentan con cara amable tolerando que los ateos hablemos. Así que hago uso de mi situación privilegiada.
En segundo lugar, creo que, en honor a las tantísimas personas que sufren hoy en el mundo la opresión de los fanatismos religiosos, los ateos que contamos con la suerte y la libertad de proclamarnos tales no tenemos derecho – no sería moral, creo yo – a mirar para otro lado. Como a Sócrates, me gusta pensar que «soy un ciudadano, no de Atenas o de Grecia, sino del mundo». No creo que sea ni bueno ni ético obviar cómo se comportan los religiosos exaltados cuando se sienten fuertes.
            En tercer lugar y sobre todo, me parece que las futuras generaciones disfrutarán de un mundo mejor si el laicismo consigue ser moneda de uso corriente en cuantos más países mejor, Ya expuse mi opinión sobre en qué consistía el laicismo en un artículo anterior (¿Qué es el laicismo?), así que no me repetiré en exceso. Simplemente déjenme insistir en mi idea de que el laicismo sirve para la convivencia pacífica de los creyentes de todas las religiones con los que no siguen ninguna y también entre sí.

Me había prometido a mí mismo que, para variar, el artículo de hoy no fuera demasiado largo. Parece que lo he conseguido.
Permítanme otra novedad: que acabe con una foto. Me gusta esta foto. Ya sé que se trata tan sólo de un niño jugando entre adultos, pero me resulta extraordinariamente simbólica.
Me pueden llamar ingenuo pero, al contemplarla, me da por pensar que si las democracias aconfesionales llegan a ser tales en cuantos más lugares mejor, ni mis hijos ni mis nietos se verán nunca obligados, si no lo desean, a plegarse ante las supersticiones impuestas por otros.


Quedamos aquí mismo dentro de dos fines de semana, si les va bien. Muchas gracias  por su fidelidad y por la gran acogida que está teniendo este blog.

viernes, 2 de marzo de 2012

¿QUÉ ES LA FE?


Semanas atrás, recibí un curioso mensaje.
Consistía en una retahíla de extractos del Antiguo Testamento. Dado que llegaron acompañados de una bandera de Israel, supuse que quien me los enviaba era de religión judía. Por lo demás, los textos bíblicos venían a pelo, desnudos, sin ninguna presentación ni explicación. Así que no tuve forma de saber si la intención de ese lector era que naciera en mí su fe o si tan sólo pretendía impartirme un curso acelerado de ética.

Desconocido remitente... Si su deseo era este último, es decir, acercarme a la moralidad de su libro sagrado, discúlpeme usted, pero seguiré sin adoptarlo como modelo.
Razones no me faltan para ello, y todavía tendría más si fuese yo mujer. Cada uno de los libros del Antiguo Testamento está plagado de versículos que – en consonancia con la época a la que pertenecen – enseñan que la esposa y las hijas son propiedad del marido. El Génesis habla de que Abraham prostituía a su mujer; el Éxodo autoriza a que las esclavas sean usadas para el placer sexual del varón; el Deuteronomio exige que la mujer violada se case con su violador, el cual deberá compensar al padre por la pérdida de su posesión...
            Tampoco creo que tomase yo como referencia su libro sagrado en caso de ser homosexual, dado que, en el Levítico, directamente se estaría disponiendo para mí la pena de muerte.
            Pero no es preciso ser ni mujer ni homosexual para rechazar como patrón ético su libro. Yo tampoco lo quiero para mí en mi condición de hombre heterosexual. Sencillamente, no deseo que las mitologías gobiernen mi vida; ni que textos arcaicos que prescriben barbaries para otros seres humanos me sirvan de guía espiritual. No me hacen falta, por otra parte. Saramago decía: «no creo en dioses, no los necesito y, además, soy buena persona».
Yo no estoy tan seguro como él de ser buena persona, pero sí creo en un principio muy básico: no querer para otros lo que no querría para mí. Y también creo en el cumplimiento de las leyes humanas, a pesar de sus imperfecciones. No me hacen falta ni intermediarios espirituales ni divinidades imaginadas para saber que no he de matar, ni violar, ni robar...

Y si su propósito no era hacer de mí una mejor persona, sino despertar en mí alguna fe religiosa, siento decepcionarle.
Porque los relatos sobre barcos-zoológicos (¡cómo lograría el bueno de Noé que entrase en su arca toda esa fauna, con el trabajo que me cuesta a mí que un único animal – mi perro – suba a un simple coche!), serpientes parlanchinas, comunicación telepática con entes dotados de superpoderes... no dejan de ser, a mi humilde modo de ver, sólo eso: relatos. Leyendas. Pero todo es opinable: aún hoy, por ejemplo, sigue habiendo estudiosos del Antiguo Testamento explorando el Monte Ararat a la búsqueda de los restos del arca. Y la mayor parte de la humanidad sigue creyendo en esa comunicación telepática de la que hablábamos.
Cosas de la fe.

Quiero hablarles también de un segundo mensaje que recibí hace unos días.
«Hace falta más fe para no creer en Dios que para creer en Él».
Así de escueto (cosas del Twitter, intuyo). No especificaba el remitente a qué dios en concreto se refería. Por las mayúsculas entendí que al judeo-cristiano. Pues bien, aunque seguramente a ese lector le parezca que nuestras respectivas visiones del mundo están en las antípodas, en realidad casi opinamos lo mismo: ambos somos ateos respecto al resto de dioses, presentes y pasados, de la humanidad. Lo cual supone muchos miles de dioses. Tan sólo un dios separa nuestras opiniones, por lo demás idénticas.

Aunque, bien pensado, otra cosa nos distancia. ¿Más fe para no creer en Dios que para creer en Él? No. En absoluto. Permítanme explicarme.
Fe es lo que se tiene en las supersticiones. La fe religiosa, por definición, siempre es ciega. La fe consiste en creer por creer. En creer por pura necesidad emocional.
Veo a mi padre apurar sus últimas idas y venidas por este mundo. Para colmo, la demencia senil me lo devora. Pues bien, fe sería creer que, cuando muera, una parte inmaterial de él va a salir volando hacia la estratosfera en compañía de querubines alados. ¿Mi fe tendría alguna base que la respaldase, más allá de mi tristeza y de mi necesidad de creer, de mi deseo de que mi padre siguiese vivo en un paraíso? [Sobre eso no me caben dudas: si las fábulas sobre viajes post-mortem fueran ciertas, cuando mi padre llegase al cruce de caminos (izquierda infierno, derecha cielo), el regulador de tráficos celestiales le indicaría el camino por el que transitan los buenos].
La respuesta es no: mi fe no tendría ningún cimiento. Respondiendo a la pregunta del título, la fe es un conjunto de creencias irracionales transmitidas, sin cuestionar, de generación en generación.

Por el contrario, para no creer en mitos no hace falta fe. Yo no afirmo que los dioses no existan. Simplemente no creo en ellos. Y para no creer en algo no se precisa fe. Tan sólo he elegido no dejarme engullir por ningún engaño. Ni siquiera por el más engullidor de todos: el autoengaño. Para no creer en dioses no hace falta fe ninguna, estimado remitente de cibernética misiva...
Por otra parte, lo que mostramos los ateos ante cosas que deseamos sean ciertas no es fe, sino confianza... Fe y confianza... Todos usamos esas dos palabras como sinónimos, coloquialmente. Pero, en realidad, sus significados se parecen muy poco. La fe religiosa implica convicción. Presupone certeza.
La confianza no. La confianza duda. Pero, a pesar de sus inseguridades, se sustenta en bases racionales. Yo, por ejemplo, deseo y tengo confianza en que el avance de la ciencia conseguirá, tarde o temprano, mitigar los efectos de la demencia senil en los cerebros de futuras generaciones.
¿Por qué esa confianza? Porque he sido testigo de cómo la curiosidad, la investigación, los conocimientos científicamente adquiridos... han servido para alargar y mejorar las vidas del resto de órganos de nuestros cuerpos.

¿Puedo estar equivocado? Sí, por supuesto... ¡Se pueden tener certezas absolutas en tan pocas cosas!
Pero, como le ocurría a la filósofa Hipatia de Alejandría, quiero «conservar celosamente mi derecho a reflexionar, porque incluso pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto». Y tener fe es haber renunciado a pensar, conformándose tan sólo con las creencias heredadas...
Mucho más cómodo, tener fe. Ahora bien, si alguien sostiene que un creador divino le regaló la inteligencia, tener fe, por cómodo que sea, parece una forma poco coherente de darle las gracias.


(Confío en que nos encontremos por aquí dentro de dos fines de semana, si les parece bien).