viernes, 30 de marzo de 2012

¿POR QUÉ UN ATEO HABLA TANTO DE DIOSES?


«Los ateos me aburren: siempre están hablando de Dios». Lo escribió Heinrich Böll en su novela Opiniones de un payaso. El protagonista es ateo y de profesión payaso: muy propio de la fina ironía del católico Böll. Nadie se libraba de la causticidad del escritor alemán.

«¿Será cierto que los ateos estamos siempre hablando de dioses?», me da por cuestionarme. «Y, si es así, ¿por qué?».
            La primera pregunta es sencilla de responder. No, no es cierto que sea siempre y –sobre todo– no es cierto que todos los ateos hablemos sobre dioses. La mayoría no lo hace: es el suyo un ateísmo silencioso.
Así que me parece justo que, tratando de responder a la segunda pregunta, hable sólo por mí, ya que, por otra parte, no soy nadie para erigirme en portavoz de otros.

¿Por qué yo hablo tanto de dioses? Alguien que lee este blog cree conocer la respuesta, ya que me dejó el siguiente comentario: «En el fondo, debes de tener una búsqueda de Dios muy profunda, si es que tanto te importa».
            No, no se trata de eso, estimado lector o lectora. Tengo clara mi no-fe, aunque dejando siempre la puerta abierta, por supuesto, a que puedo estar equivocado: en el momento en que cualquier prueba, indicio o sospecha me haga barruntar que existe en los cielos algún ente sobrenatural, reconsideraré de inmediato mi opinión. Entretanto, seguiré intentando entender por qué, si Dios me creó a su imagen y semejanza, no soy yo invisible.

Se trata de una búsqueda, eso sí es cierto. Pero una búsqueda de conocimiento. Nunca nada me ha parecido tan cautivador como tratar de comprender al ser humano. Siempre me ha apasionado cualquier cuestión relacionada con esa búsqueda de saber por qué hacemos lo que hacemos o por qué creemos lo que creemos.
            Y en esa búsqueda, en ese intento de encontrar respuestas a mis preguntas, las creencias religiosas siempre se me han presentado como un tremendo enigma. Está bien, entiendo que responden a necesidades emocionales más allá de cualquier cuestionamiento racional, y entiendo también que para muchas personas los dioses son como ideas innatas, dado lo agresivo del adoctrinamiento que sufrieron en su infancia, pero, de todas formas... ¿Cómo tanta gente –la mayoría de la población mundial, de hecho– puede seguir creyendo ciertas cosas?
            Esa misma pregunta se la hacía George Carlin, otro cáustico. Carlin viene especialmente al caso para este artículo ya que también se trata –como el protagonista de la novela de Böll– de un payaso. Es, incluso después de muerto, uno de los cómicos más conocidos de Norteamérica. Sus palabras expresan fielmente mi propia fascinación, mi asombro, mi pasmo, ante el predicamento que siguen teniendo las religiones, incluso entre personas cultas: «La religión ha convencido realmente a la gente de que, viviendo en el cielo, hay un hombre invisible que contempla todo lo que haces en cada minuto de cada día de tu vida. Y de que tiene una lista de diez cosas que no quiere que hagas. Y de que si haces cualquiera de esas cosas tiene un lugar especial lleno de fuego, humo, cenizas y tormentos al que te enviará para sufrir, arder, gritar y llorar para siempre hasta el final de los tiempos... Pero te ama».

¿Por qué hablo tanto de religiones? Pues, además de porque busco respuestas para mi asombro, también hablo de religiones sencillamente porque sus creencias infundadas nos gobiernan a todos. Legítima defensa, podríamos llamarlo. Las religiones me importan porque siguen interviniendo en muchos aspectos de la vida de cualquiera, aunque ese cualquiera no crea en ningún dios. La lista daría para cien artículos...
Para empezar, la mayor parte de las religiones, especialmente los tres grandes monoteísmos, siguen siendo la principal fuerza de oposición a que se reconozca sin tapujos la igualdad de derechos entre seres humanos, independientemente de si se es varón o hembra (el desfase entre el avance de los derechos civiles de las mujeres y cómo son tratadas por las religiones clama a todos los cielos), de la orientación sexual (repito respecto a los homosexuales lo dicho sobre las mujeres en el paréntesis anterior) y del credo de cada uno, por ejemplo. Esto último es lo más caricaturesco de todo: son las propias religiones y no el ateísmo (los ateos, por lo general, defendemos sin tibieza estados laicos garantes de la libertad de culto) las que más obstáculos ponen a la libertad para profesar otras religiones.
También nos afectan a todos las creencias religiosas porque siguen siendo una de las causas más explicativas de los conflictos vivos en el mundo.
Podemos seguir con nuestra lista hablando de su negativa frontal por defecto a cualquier cosa que huela a progreso y a avance científico. Me cuesta horrores, por ejemplo, entender esa oposición cerril a la selección genética con vistas a que un hermano por venir pueda salvar a otro ya existente y enfermo. No me cuesta ningún esfuerzo, por el contrario, ponerme en el lugar de los padres. En eso deberían quizá insistir más las religiones, en ponerse en el lugar del otro, y no en el ciego acatamiento de unos dogmas dictados por gentes que, nacidas hace miles de años, no podían encontrar para sus preguntas existenciales mejor explicación que ésta: hay en el cielo unos dioses todopoderosos que, aburridos, crearon a capricho criaturas para después poder entretenerse contemplando su sufrimiento; pero si les adoramos con sumisión y rezamos con la bastante fuerza, pueden interceder para aliviarnos ocasionalmente de esos pesares que ellos mismos crearon. Rocambolesco.
Y ¿qué tiene de malo usar un condón? ¿Pero qué tiene de moralmente malo? Necesito imperiosamente que alguien me lo explique, porque, de no ser así, un día me estallará la sesera. Pero que me lo explique con razonamientos del siglo XXI, si no es mucho pedir. Que no me diga que su dios así lo quiere.
Y, de paso, que me explique también por qué unas personas que eligieron la castidad para sus vidas se creen capacitadas para enseñar ex catedra a las más jóvenes qué prácticas sexuales son correctas y cuáles no.
          Y no me sirve que me digan que todas esas cosas se enseñan sólo a niños católicos, o sólo a niños de tal religión o de tal otra. Porque los niños deberían ser tratados como lo que son: sólo niños, no como niños cristianos, niños judíos, niños musulmanes... Precisamente, si no se les adoctrinara desde tan jóvenes a creer los sinsentidos propios de la religión de sus familias, si las religiones pudieran ser elegidas como una opción personal al llegar a la mayoría de edad, tendría yo mucho menos que decir sobre dioses y religiones.

¿Por qué algunos ateos hablamos tanto de dioses? Pues quizá porque somos los que nos tomamos esto realmente en serio.
Le cedo la palabra, para que explique lo que quiero decir, al filósofo inglés Galen Strawson: «Creer en Dios es un insulto a Dios. Porque, por un lado, creer en él supone acusarle de haber perpetrado actos de una crueldad extrema. Y porque, por otro lado, creer en él implica suponer que, perversamente, ha dotado a las criaturas humanas de un instrumento –el intelecto– que inevitablemente les lleva [...] a negar su existencia. Es tentador concluir que, si existe, será a los ateos a los que más ame [...] Porque son ellos los que más en serio se lo han tomado».
Ironías de la vida.

Les espero por aquí dentro de dos fines de semana.

viernes, 16 de marzo de 2012

LAS CERTEZAS DE LAS RELIGIONES


Asegura un lector en un comentario: «no me apura desconocer la religión musulmana o la hindú, ya que la ÚNICA religión verdadera es la católica».
            [Parece ser que en el mundo virtual escribir con mayúsculas equivale a gritar. Por eso he mantenido la palabra “única” en mayúsculas: para dejar constancia de toda la energía que el lector quiso transmitirnos con su mensaje].

Aseguran con la misma fuerza los musulmanes que no hay más dios que Alá – y que Alá es grande.
Aseguran los krisnaítas que el más digno de nuestra adoración es el dios Krisná.
Aseguran los sintoístas que se ha de reverenciar a la diosa Amaterasu.
Aseguran los shivaistas que Shivá es el dios más importante de la trinidad hindú (Shivá, Brahmá y Visnú).
Aseguran los cristianos unitarios que la razón está del lado del que niega la santísima trinidad católica.
Aseguran los luteranos que los papas católicos no son en absoluto representantes de Dios en la tierra.
Aseguran los seguidores de la religión rastafari que Haile Selassie es un enviado divino para la liberación de África.
           Aseguran los bahaístas que Bahaulá es el último de los mesías.
Aseguraban los antiguos egipcios que Osiris resucitó al tercer día después de muerto (¡por qué me sonará tanto esta historia!).
Aseguraban sin ningún asomo de duda los antiguos griegos que Afrodita era la más bella de las diosas.
            Aseguraban los celtas que Balar contaba con un ojo en la frente y otro en la parte posterior de la cabeza...

Sostenemos muchos que si cualquiera de esos dioses – o todos ellos – existieran, no haría falta siquiera pedir pruebas de su existencia.
Preguntamos unos cuantos inocentemente por qué, si realmente existen, les gusta tanto jugar al escondite.
Observamos algunos que, de los miles de dioses con los que cuenta la humanidad, el dios que nuestra familia y nuestro entorno nos enseñan como cierto cuando somos niños, es, casualmente, el único verdadero. ¡Qué maravillosa coincidencia y qué gran suerte! Siempre gusta saber que uno está en el equipo de los que mejor juegan.
Opinamos ciertos de nosotros que todos los humanos somos ateos, en mayor o menor medida. Algunos lo somos de todos los dioses, vírgenes, profetas y santos, mientras que otros lo son de todos menos de unos pocos: los que les calzaron en sus mentes siendo niños, variables según el rincón del mundo, la familia y la época en la que nacieran.

La religión de mi infancia fue el catolicismo, como supongo también fue la del lector al que aludo al inicio de este artículo. Pero, en mi caso, la facilidad con la que me daba cuenta de que los dioses de otros lugares y otras épocas eran simples mitos me hizo percatarme de que quizá también era un mito aquel dios al que querían que venerase pero que no me podían mostrar.
No tengo nada personal contra los seguidores de ninguno de los dioses en particular. De la misma manera que mantengo que no existe el dios o los dioses a los que adora una religión dada, opino que también son imaginarios los dioses a los que adoran las otras... No es personal, ya les digo. Fundamentalmente porque pienso que lo que importan son los actos, mucho más que las creencias. Como ya he hecho otras veces antes, quiero recalcar mi respeto al derecho que cada persona tiene a creer en lo que quiera y mi admiración por las buenas acciones que realicen los incondicionales de Dios, Yahvé, Alá, Ganesha, Mamacocha....

¿Por qué, entonces, esa insistencia mía en difundir la opinión de que todos los dioses son imaginarios? «Déjenos usted en paz, a cada uno con nuestras creencias», podría decirme un cristiano, un mahometano, un animista, un adorador de Baco, un seguidor de la iglesia Elvis-sigue-vivo...
¿Por qué mi insistencia, me preguntan?
En primer lugar, porque no quiero desaprovechar mi condición de favorecido por el azar. En buena parte del mundo aún hoy me matarían por escribir las cosas que escribo. Y lo mismo me habría ocurrido de haber nacido yo aquí mismo unos siglos antes. Algunas religiones – gracias a todo el terreno que no les ha quedado más remedio que ir cediendo – en este minuto de la historia de la humanidad, y en sólo algunos pequeñas zonas del planeta, se nos presentan con cara amable tolerando que los ateos hablemos. Así que hago uso de mi situación privilegiada.
En segundo lugar, creo que, en honor a las tantísimas personas que sufren hoy en el mundo la opresión de los fanatismos religiosos, los ateos que contamos con la suerte y la libertad de proclamarnos tales no tenemos derecho – no sería moral, creo yo – a mirar para otro lado. Como a Sócrates, me gusta pensar que «soy un ciudadano, no de Atenas o de Grecia, sino del mundo». No creo que sea ni bueno ni ético obviar cómo se comportan los religiosos exaltados cuando se sienten fuertes.
            En tercer lugar y sobre todo, me parece que las futuras generaciones disfrutarán de un mundo mejor si el laicismo consigue ser moneda de uso corriente en cuantos más países mejor, Ya expuse mi opinión sobre en qué consistía el laicismo en un artículo anterior (¿Qué es el laicismo?), así que no me repetiré en exceso. Simplemente déjenme insistir en mi idea de que el laicismo sirve para la convivencia pacífica de los creyentes de todas las religiones con los que no siguen ninguna y también entre sí.

Me había prometido a mí mismo que, para variar, el artículo de hoy no fuera demasiado largo. Parece que lo he conseguido.
Permítanme otra novedad: que acabe con una foto. Me gusta esta foto. Ya sé que se trata tan sólo de un niño jugando entre adultos, pero me resulta extraordinariamente simbólica.
Me pueden llamar ingenuo pero, al contemplarla, me da por pensar que si las democracias aconfesionales llegan a ser tales en cuantos más lugares mejor, ni mis hijos ni mis nietos se verán nunca obligados, si no lo desean, a plegarse ante las supersticiones impuestas por otros.


Quedamos aquí mismo dentro de dos fines de semana, si les va bien. Muchas gracias  por su fidelidad y por la gran acogida que está teniendo este blog.

viernes, 2 de marzo de 2012

¿QUÉ ES LA FE?


Semanas atrás, recibí un curioso mensaje.
Consistía en una retahíla de extractos del Antiguo Testamento. Dado que llegaron acompañados de una bandera de Israel, supuse que quien me los enviaba era de religión judía. Por lo demás, los textos bíblicos venían a pelo, desnudos, sin ninguna presentación ni explicación. Así que no tuve forma de saber si la intención de ese lector era que naciera en mí su fe o si tan sólo pretendía impartirme un curso acelerado de ética.

Desconocido remitente... Si su deseo era este último, es decir, acercarme a la moralidad de su libro sagrado, discúlpeme usted, pero seguiré sin adoptarlo como modelo.
Razones no me faltan para ello, y todavía tendría más si fuese yo mujer. Cada uno de los libros del Antiguo Testamento está plagado de versículos que – en consonancia con la época a la que pertenecen – enseñan que la esposa y las hijas son propiedad del marido. El Génesis habla de que Abraham prostituía a su mujer; el Éxodo autoriza a que las esclavas sean usadas para el placer sexual del varón; el Deuteronomio exige que la mujer violada se case con su violador, el cual deberá compensar al padre por la pérdida de su posesión...
            Tampoco creo que tomase yo como referencia su libro sagrado en caso de ser homosexual, dado que, en el Levítico, directamente se estaría disponiendo para mí la pena de muerte.
            Pero no es preciso ser ni mujer ni homosexual para rechazar como patrón ético su libro. Yo tampoco lo quiero para mí en mi condición de hombre heterosexual. Sencillamente, no deseo que las mitologías gobiernen mi vida; ni que textos arcaicos que prescriben barbaries para otros seres humanos me sirvan de guía espiritual. No me hacen falta, por otra parte. Saramago decía: «no creo en dioses, no los necesito y, además, soy buena persona».
Yo no estoy tan seguro como él de ser buena persona, pero sí creo en un principio muy básico: no querer para otros lo que no querría para mí. Y también creo en el cumplimiento de las leyes humanas, a pesar de sus imperfecciones. No me hacen falta ni intermediarios espirituales ni divinidades imaginadas para saber que no he de matar, ni violar, ni robar...

Y si su propósito no era hacer de mí una mejor persona, sino despertar en mí alguna fe religiosa, siento decepcionarle.
Porque los relatos sobre barcos-zoológicos (¡cómo lograría el bueno de Noé que entrase en su arca toda esa fauna, con el trabajo que me cuesta a mí que un único animal – mi perro – suba a un simple coche!), serpientes parlanchinas, comunicación telepática con entes dotados de superpoderes... no dejan de ser, a mi humilde modo de ver, sólo eso: relatos. Leyendas. Pero todo es opinable: aún hoy, por ejemplo, sigue habiendo estudiosos del Antiguo Testamento explorando el Monte Ararat a la búsqueda de los restos del arca. Y la mayor parte de la humanidad sigue creyendo en esa comunicación telepática de la que hablábamos.
Cosas de la fe.

Quiero hablarles también de un segundo mensaje que recibí hace unos días.
«Hace falta más fe para no creer en Dios que para creer en Él».
Así de escueto (cosas del Twitter, intuyo). No especificaba el remitente a qué dios en concreto se refería. Por las mayúsculas entendí que al judeo-cristiano. Pues bien, aunque seguramente a ese lector le parezca que nuestras respectivas visiones del mundo están en las antípodas, en realidad casi opinamos lo mismo: ambos somos ateos respecto al resto de dioses, presentes y pasados, de la humanidad. Lo cual supone muchos miles de dioses. Tan sólo un dios separa nuestras opiniones, por lo demás idénticas.

Aunque, bien pensado, otra cosa nos distancia. ¿Más fe para no creer en Dios que para creer en Él? No. En absoluto. Permítanme explicarme.
Fe es lo que se tiene en las supersticiones. La fe religiosa, por definición, siempre es ciega. La fe consiste en creer por creer. En creer por pura necesidad emocional.
Veo a mi padre apurar sus últimas idas y venidas por este mundo. Para colmo, la demencia senil me lo devora. Pues bien, fe sería creer que, cuando muera, una parte inmaterial de él va a salir volando hacia la estratosfera en compañía de querubines alados. ¿Mi fe tendría alguna base que la respaldase, más allá de mi tristeza y de mi necesidad de creer, de mi deseo de que mi padre siguiese vivo en un paraíso? [Sobre eso no me caben dudas: si las fábulas sobre viajes post-mortem fueran ciertas, cuando mi padre llegase al cruce de caminos (izquierda infierno, derecha cielo), el regulador de tráficos celestiales le indicaría el camino por el que transitan los buenos].
La respuesta es no: mi fe no tendría ningún cimiento. Respondiendo a la pregunta del título, la fe es un conjunto de creencias irracionales transmitidas, sin cuestionar, de generación en generación.

Por el contrario, para no creer en mitos no hace falta fe. Yo no afirmo que los dioses no existan. Simplemente no creo en ellos. Y para no creer en algo no se precisa fe. Tan sólo he elegido no dejarme engullir por ningún engaño. Ni siquiera por el más engullidor de todos: el autoengaño. Para no creer en dioses no hace falta fe ninguna, estimado remitente de cibernética misiva...
Por otra parte, lo que mostramos los ateos ante cosas que deseamos sean ciertas no es fe, sino confianza... Fe y confianza... Todos usamos esas dos palabras como sinónimos, coloquialmente. Pero, en realidad, sus significados se parecen muy poco. La fe religiosa implica convicción. Presupone certeza.
La confianza no. La confianza duda. Pero, a pesar de sus inseguridades, se sustenta en bases racionales. Yo, por ejemplo, deseo y tengo confianza en que el avance de la ciencia conseguirá, tarde o temprano, mitigar los efectos de la demencia senil en los cerebros de futuras generaciones.
¿Por qué esa confianza? Porque he sido testigo de cómo la curiosidad, la investigación, los conocimientos científicamente adquiridos... han servido para alargar y mejorar las vidas del resto de órganos de nuestros cuerpos.

¿Puedo estar equivocado? Sí, por supuesto... ¡Se pueden tener certezas absolutas en tan pocas cosas!
Pero, como le ocurría a la filósofa Hipatia de Alejandría, quiero «conservar celosamente mi derecho a reflexionar, porque incluso pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto». Y tener fe es haber renunciado a pensar, conformándose tan sólo con las creencias heredadas...
Mucho más cómodo, tener fe. Ahora bien, si alguien sostiene que un creador divino le regaló la inteligencia, tener fe, por cómodo que sea, parece una forma poco coherente de darle las gracias.


(Confío en que nos encontremos por aquí dentro de dos fines de semana, si les parece bien).

sábado, 18 de febrero de 2012

¿QUÉ ES EL LAICISMO?


La vida es un viaje, nos cuentan los poetas.
Todos podemos ver su destino final. Y no nos gusta. Queremos que nos cambien el billete, que el trayecto sea eterno, que no haya una última estación... Lo que sea y como sea.
Así, surgen vendedores de consuelos que, gentilmente, nos ofrecen sus servicios. Nos cuentan que son muy amigos del ferroviario en jefe. O del taquillero. Nos aseguran que comparten confidencias nocturnas con el que conduce la locomotora. Nos dicen que, si les seguimos, pueden conseguirnos un cambio de vía. Que pueden hacer que nuestra residencia final sea otro cuerpo, otro tipo de vida, un paraíso... Nos describen todo eso, incluso.
Con pelos y señales, si se lo pedimos.
Y hay personas que necesitan creerles. Es comprensible. «El miedo es el principal motivo por el que los seres humanos son tan reticentes a admitir los hechos y se muestran tan ansiosos por envolverse en esa cálida prenda que se llama mito», escribió Bertrand Russell, el genial filósofo galés.
Hay gentes – miles de millones de gentes – que están convencidas de que sus paraísos y sus dioses existen. Están convencidas... «Las convicciones son enemigas más poderosas de la verdad que las mentiras», decía Nietzsche.

No es mi intención – no lo será nunca – faltarles al respeto a las personas con creencias religiosas. Cada vez que tenga la ocasión manifestaré mi respeto hacia esas personas, si sus actos lo merecen.
Pero, a mi modo de ver, dentro del respeto obligado hacia cualquier persona, no están incluidas sus creencias. Es decir, que lo que todos hemos de respetar es el derecho de una persona a tener creencias religiosas, pero no las creencias en sí mismas, si no las compartimos.
Las creencias en almas viajeras, en iluminados con información privilegiada, en paraísos celestiales – o en paraísos subterráneos, o en paraísos submarinos, porque los hay y los ha habido de todo tipo en la historia de los credos de la humanidad – y las creencias en los patriarcas de esos otros mundos son cándidas. Ingenuamente cándidas. Y no son dignas de respeto desde el momento en que se nos quieran imponer a otros.
Porque muchos preferimos buscar por nosotros mismos verdades (otro asunto es que seamos capaces de encontrarlas) y seguir disfrutando del viaje sin que las convicciones de terceros, con sus correspondientes ritos, interpretaciones mitológicas y prohibiciones, nos marquen nuestro camino.

Por eso el laicismo es tan necesario. Porque sin laicidad es muy fácil que la religión dominante en cada lugar acabe imponiendo sus convicciones místicas a las personas que no profesamos ninguna y a las personas que querrían profesar otras. Especialmente fácil si se le permite a esa religión adoctrinar a los niños desde bien jóvenes y durante los bastantes años.
Los dogmas religiosos rara vez pueden ser superados con argumentos. Al no estar basados en la razón, sino en la fe ciega y en la necesidad que muchos tienen de creer en ellos, no pueden ser vencidos, ni por otros dogmas ni por el sentido común. Por eso creo que el laicismo es el único escudo que puede protegernos a todas las personas – religiosas de todos los credos y no religiosas – de retornos indeseados hacia situaciones del pasado, o hacia las situaciones de intolerancia e imposición que, en nuestros días, se viven en muchos países.

Laicismo no significa anticlericalismo. De ningún modo. A veces se confunden ambos términos, intencionadamente o no.
El anticlericalismo es una reacción natural – natural, pero no deseable – de defensa ante el proselitismo, tan habitual de las religiones, ante ese esfuerzo tenaz por convertir a la religión propia a cuantos más mejor. (Da la impresión de que aquél que se engaña a sí mismo, como en el fondo lo sabe, necesita verse rodeado de muchos que afirmen creer en sus mismas fábulas).
Para un anticlerical nadie tendría derecho a actuar como clérigo, es decir, a compartir sus convicciones religiosas con otros.
Ni yo ni la mayoría de los que defendemos el laicismo somos anticlericales. Las constituciones de los países civilizados protegen el derecho de las personas a expresarse sobre lo que quieran, a reunirse, a asociarse y a compartir con otros sus formas de descifrar el mundo, incluyendo las interpretaciones religiosas. Y así debe seguir siendo.

Lo que pretende el laicismo, aquello por lo que lucha, es, sencillamente, que los estados y las iglesias no se entremezclen. Que las normas, dogmas, creencias, rituales... de las religiones no sean impuestas a la sociedad civil. Que las iglesias – o una iglesia en particular – dejen de gozar de tantos privilegios: fiscales, económicos, simbólicos y, especialmente, en lo relativo a asuntos de enseñanza.
Un estado laico es aquél en el que todas las entidades jurídicas – tengan o no carácter religioso – son tratadas con igualdad de derechos y de deberes, tributarios y de cualquier tipo.
Un estado laico es aquél en el que los códigos éticos supuestamente insuflados por entes imaginarios a sus enviados especiales a nuestro planeta son aplicables sólo a los que hayan decidido seguir a tal o a cual ente, o a tal o a cual enviado especial. (Mientras no se demuestre lo contrario me reafirmo en mi opinión: entes imaginarios).

Las sociedades deberían poder dotarse de sus propios principios morales sin la intromisión privilegiada de los poseídos por fervores místicos. Pero no es así.
            Incluso en países en los que – según lo que recogen nuestras leyes – los estados, los tribunales y los gobiernos deberían ser aconfesionales, la realidad no es ésa. Vistas las prerrogativas, la capacidad de intervención y los tratos de favor con los que cuentan las iglesias, los estados laicos siguen siendo aún una quimera. Por desgracia, pensamos muchos.
Por desgracia. Porque, como decíamos antes, el laicismo, más que cualquier otra cosa, es un escudo que nos protege a todos.
A todos, creyentes en dioses incluidos.


(Si les parece bien, queridos lectores, nos encontramos aquí mismo dentro de dos fines de semana).

domingo, 5 de febrero de 2012

EL CUERDO EN EL MANICOMIO


«Dios no existe».
Lo escribió en su muro de Facebook un indonesio, hace unos días. Podría ser condenado a cinco años de cárcel por blasfemo. Alexander Aan, se llama. Edad: 31 años. Funcionario, parece ser.
«Indonesia es un país de mayoría musulmana en el que está permitido profesar seis religiones diferentes, pero el ateísmo no se contempla en los principios del Estado», concluye la noticia de agencia. En ese país el ateísmo es ilegal y, además, el delito de blasfemia está tipificado como tal.
Alexander está a la espera de veredicto. No pintan bien las cosas para él. Hace menos de un año un compatriota suyo cristiano fue condenado a la pena máxima, cinco años, por blasfemar contra el Islam.

Alexander... ¿En qué planeta vives, bendito chiflado?.... 
En los muros se reza a los dioses. Los muros son para lamentarse. A los pies de los muros se muere, los ojos vendados...
Pero en los muros no se escriben esas cosas.

Si nuestro infeliz amigo hubiese escrito «el agua de mar no es salada», nadie habría reparado en él o le habrían dado por loco, loco de atar, tan evidente es que el agua del mar sí es salada. Estaría libre – persiguiendo mariposas, soñando sueños, suyos o de otros, riendo o llorando, quién sabe. La indiferencia se habría comido sus palabras.
Pero, ¡ay!, se le ocurrió escribir algo que podría ser cierto.
Y la verdad es una aventura demasiado arriesgada. Puede que no exista ese dios con “d” mayúscula, ni ningún otro.
Callemos su opinión, entonces. ¡A la cárcel con el cuerdo!

Busco consuelo en la filosofía. Spinoza me lo ofrece, levemente: «La expresión calmada de aquello que se piensa cierto no habría de ser visto por nadie como un peligro. [...] Sin embargo, el uso de la imaginación sin que vaya acompañada del intelecto sí que es una amenaza para el gobierno justo».

Alexander tan sólo expresó algo que él cree ser cierto. Es verdad que muchos no opinan lo mismo. Es verdad que hay otros muchos que, pensando como él, no se atreven a decirlo. Incluso yo mismo, a pesar de considerarme ateo, no sería capaz de una afirmación tan tajante. Me habría extendido algo más. Habría escrito que, dado que no hay ninguna evidencia que apoye la hipótesis de que exista alguno de los miles de dioses que la humanidad ha creado, me inclino a pensar que todos son imaginarios.
Alexander fue rotundo, sí. Pero si alguien no está de acuerdo con él, lo único que tiene que hacer es exponer la hipótesis contraria.
Alexander no merece la cárcel: no es un peligro. Por el contrario, sí es peligroso (¡mucho!) lo que hace su gobierno: anteponer el derecho a ser adorado de un ente cuya existencia es dudosa (como poco) a los derechos universales de las personas (reales, existentes sin duda posible, éstas sí).

Los ateos, por el hecho de serlo, no somos un peligro. Si una persona religiosa afirma con contundencia «tal dios existe», lo más que hacemos los ateos cabales es querer conocer más detalles: «Pero, ¿es dios o diosa? ¿Y cómo estás seguro de que sólo hay uno? ¿Y qué aspecto tiene?... Ah, que es espíritu puro, dices. ¿Bueno, pero cómo lo sabes? Lo reveló un profeta, vale...»
Ahora bien, jamás se nos ocurriría pensar que esa persona devota tiene que ir a la cárcel, ni al manicomio (a pesar de que la afirmación del novelista Robert Pirsig tiene mucho sentido: «si algunos de los dogmas que nos inculcan las religiones nos los intentase hacer creer desde cero una sola persona, la llamaríamos loca»), ni a ningún otro sitio al que no quiera ir. Estaría ejerciendo su derecho a expresar una opinión.

Islam, protestantismo, catolicismo, hinduismo, budismo y confucianismo: ésas son las seis religiones legales en Indonesia.
Así que, si Alexander, en su condición de, pongamos, hinduista, hubiese afirmado estar convencido de que su alma fue antes la de un mosquito; o si, como protestante, hubiese proclamado creer sin vacilación en que su cuerpo, a pesar de haberse convertido en polvo por el paso de los milenios, volverá físicamente a la vida por la gracia de su dios; o si, por ser musulmán dispuesto a convertirse en mártir, hubiese expresado su impaciencia por encontrarse con las 72 vírgenes que le esperan en el paraíso... en todos esos casos habría estado ejerciendo el derecho a expresar dogmas propios de su religión. Y además habría sido aplaudido y reafirmado en sus creencias por millones de los suyos.
Sin embargo, a nuestro pobre amigo se le ocurre decir lo que dijo y ya ven en qué situación se encuentra.

«Bueno, y ¿a quién le importa?», puede estar pensando alguno de Uds. «Ya es mayorcito, el tal Alexander. Ya debería saber cómo se las gastan algunos. C’est bien fait pour lui, que diría un francés. Él se lo ha buscado, por loco. ¡Qué me anda usted contando de un indonesio insensato con la cantidad de gente que sufre en el mundo sin habérselo buscado, sin merecerlo!».
Pues bien, yo dejaría que fuera otro francés, precisamente, quien respondiera. Uno que se llamaba Montesquieu: «Cualquier injusticia contra una sola persona representa una amenaza hacia todas las demás».
Añadiría también, entre paréntesis, que nunca dejará de asombrarme cómo, a pesar de que el sufrimiento y las injusticias están, efectivamente, tan extendidas por el mundo, todavía hay tanta gente que sigue creyendo que ese mundo fue diseñado y es supervisado por un ser infinitamente bueno y misericordioso. Aunque quizá no habría de sorprenderme tanto: por aquí abajo es todo tan incomprensible a veces que no es de extrañar que se fantasee con jefes de cielos donde sólo los justos puedan entrar y porteros de infiernos que castiguen a los que de aquí se irán de rositas.
Pero, sobre todo, completaría mi respuesta diciendo que Alexander Aan no es un loco. ¿Temerario? ¿Valiente? No lo sé: la línea es muy fina. Seguramente sea ambas cosas.

Es fácil declararse ateo en rincones del mundo donde los credos, los cerebros y las leyes han pasado por el filtro de renacimientos, humanismos, ilustraciones, revoluciones científicas... (aunque no crean ustedes, incluso en esos lugares hay personas que al enterarse del ateísmo de uno le miran como si, por el hecho de ser ateo, padeciera algún tipo de tara moral, incluso de tara mental). Pero para llamarse a uno mismo ateo en ciertos países hace falta, sencillamente, valor.
Lo dicho: Alexander es un valiente. O un temerario, de acuerdo, se lo concedo. ¿Loco? No. Eso no. Los muros están para escribir en ellos, si se tiene el coraje suficiente. Y Alexander lo tiene.

Alexander ha utilizado sus sentidos y su intelecto, herramientas que la naturaleza le ha concedido, para sacar una conclusión y exponerla en forma de opinión. Una simple opinión, al fin y al cabo.
Pero puede que esté yo divagando en exceso. Quizá a Alexander lo único que le ocurre es que no confía en padres que no dan la cara.

Mucho ánimo, Alexander. Lo vas a necesitar. Parece que en la cárcel te harán seguir un curso de “reeducación” en la fe musulmana, así que es probable que dentro de cinco años no te reconozca ni la madre que te parió.
En cualquier caso, Alexander, ¡bien hecho!
Los muros también están para derribarlos.
O para verlos caer por su propio peso.

(Hasta dentro de dos domingos, queridos lectores)

domingo, 22 de enero de 2012

ESTIMADOS SRES. HOMÓFOBOS:


Confieso que no les entiendo.
Escribo esta carta abierta con la esperanza de que alguno de Uds. me responda e ilumine mis desconcertadas entendederas. Entretanto, trataré de encontrar explicaciones en mis libros y en mi pantalla.

Quizá mi incomprensión se debe a no haber leído aún la Historia de la Sexualidad de Michel Foucault. He leído otros textos suyos, pero no ése. Fue Foucault un filósofo – homosexual – que buscó siempre llevar a la práctica la máxima «desarrolla tu legítima rareza».
Foucault murió de sida en 1984. «Castigo divino, por fornicador y maricón», interpretarán los fanáticos de cualquiera de las religiones, fanáticos que siguen viendo la mano justiciera de su dios en toda epidemia, incluida la del sida, obviando que quienes más las sufren son los niños, personitas ajenas a ese concepto suyo tan tosco al que llaman pecado.

Hasta que consiga leer la Historia de la Sexualidad, buscaré refugio en el diccionario. Homofobia: «Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales». Bien; ya sé qué es la homofobia.
Ahora bien... ¿por qué esa aversión?
El miedo y la cerrazón mental, cuando se aparean, engendran un hijo: el odio. Pero más allá del miedo que produce en el animal humano todo lo que le resulta peculiar y extraño, sigo sin entender por qué la hostilidad hacia los homosexuales está aún tan extendida en el mundo, en especial entre los extremistas religiosos y entre sus líderes. Ellos son quienes más a menudo suelen manifestar esa aversión obsesiva de la que habla el diccionario.
No alcanzo a descifrar esa relación entre religiones y homofobia. En los doce años que pasé estudiando en un colegio de curas católicos, la frase de Jesús que tantas veces oí repetir siempre fue: «amaos los unos a los otros». Ni en una sola ocasión en esos doce años escuché decir «amaos los unos a los otros pero odiad con ofuscación a las mujeres que amen a otras mujeres y a los hombres que amen a otros hombres».

Y, sin embargo, Benedicto XVI ha dicho hace unos días (llevaba demasiadas semanas sin lanzar sus habituales dardos inyectados de desprecio contra los homosexuales, sus dianas preferidas) que los homosexuales son una amenaza para el futuro de la humanidad.
No, no estaba hablando de la bomba atómica. Ni de un meteorito juguetón y cabroncete. Tan sólo se refería a los matrimonios (¡¡¡civiles!!!) entre homosexuales.
            Creo que no ha de preocuparse usted, santo padre, por la supervivencia de la especie. No hay motivo para ello: la naturaleza ha hecho que llegáramos hasta aquí gracias al deseo sexual entre hombres y mujeres. No olvide usted que casi la totalidad de los siete mil millones de habitantes de la Tierra somos hijos de una relación sexual entre personas de distinto sexo (¡Siete mil millones de cópulas!... No consigo visualizar cuánto es eso en realidad. Toda cifra que supera el “uno por semana” se escapa del alcance de mi comprensión).
Preocúpese usted más bien de ayudar a que los que ahora correteamos por aquí seamos más felices, si me permite el tono imperativo.
Deje usted de una vez de sembrar odios. Ayude de una santa vez a que no haya que recoger tantas tempestades. Permita que sus misioneros – esos hombres y mujeres de los que tendría usted tanto que aprender – difundan la Buena Nueva: que existe un ingenio llamado preservativo que salva vidas y espanta demonios, unos demonios reales que se llaman enfermedades.

¡Qué alejados del amor que sus profetas predicaron viven tantos líderes y exaltados religiosos! ¡Cuánta más bondad, naturalidad y cercanía con el mundo real transmiten las palabras pronunciadas por el propio Foucault en una entrevista concedida a inicios de los años ochenta: «El sexo no es una fatalidad. La sexualidad es parte de nuestra libertad [...], y es mucho más que el simple descubrimiento [...] de nuestros deseos. A nuestros deseos les acompañan también nuevas formas de amor».
AMOR, señores homófobos. Foucault – como tantas otras personas homosexuales – lo que deseaba era amar. Amar libremente. Sin intromisiones en sus vidas y en sus relaciones privadas por parte de aquellos que, creyéndose portavoces privilegiados de sus dioses imaginados, lo que transmiten es ODIO.

Permítanme para acabar, señores homófobos destinatarios de esta carta, que les transcriba las palabras que el escritor gay brasileño Jean Wyllys pronunció a propósito de la salida de tono del infalible inquilino del Palacio del Vaticano (lo de infalible no lo digo yo con ironía; lo dice el dogma de la infalibilidad papal, dogma en el que es obligado creer si se quiere uno llamar realmente católico):
«El amor... ¿una amenaza?», se pregunta Wyllys. «El amor es inexplicable: o se siente o no, [...] pero para entenderlo, es preciso sentir todo lo que el papa, los cardenales, los obispos... por las reglas de trabajo que eligieron siendo muy jóvenes, tienen prohibido sentir, ya sea por otro hombre o por una mujer. Tal vez por eso no entienden. El amor nunca puede ser una amenaza para la humanidad. Todo lo contrario: el amor es el antídoto contra los venenos que la intoxican».
«Benedicto XVI está equivocado [...] Sin embargo, aunque no haya entendido, debería tener un poco de responsabilidad. Sus palabras entran en las cabezas de cientos de millones de personas. Podría usarlas para hacer el bien. En vez de dedicar tanto tiempo a ofender a los homosexuales podría colocarse a la cabeza de los verdaderos males que amenazan a la humanidad, esos que matan, que arruinan vidas [...] Benedicto XVI no puede seguir expandiendo el odio contra los gays. No puede decir que, sólo por amar, seamos una amenaza».

Clap, clap, clap, clap, señor Wyllys. En mi búsqueda de entender las cosas, creo que Wyllys me ha dado una pista valiosísima. «Tienen prohibido sentir», dice él.
Hay un sentimiento – el del amor en pareja – que siendo grato, que siendo bueno, que siendo natural, sin embargo, les está prohibido experimentar a algunos pastores de rebaños humanos. Por eso tantas ovejas son incapaces de sentir un mínimo de empatía hacia personas que aman de una forma distinta a la que su doctrina autoimpuesta les estampa en sus cerebros.

Como le ocurre a Jean Wyllys, mi gran consuelo ante la barbarie y la inconsciencia de los exaltados de las fes es mi propia fe en el avance de la cultura. Mi fe en que dentro de cien años, un niño, cuando estudie Historia, se pregunte, no sólo por qué trescientos años antes se perseguía el amor entre un negro y una blanca, o por qué doscientos años antes una mujer no podía firmar un contrato sin permiso de su marido, trabajar fuera de su casa, votar... sino que también se pregunte por qué cien años antes se perseguía el amor entre dos mujeres o entre dos hombres. Puede que, incluso, se pregunte por qué antes algunos credos les prohibían sentir el amor en pareja a sus ministros.
Llámenme iluso, si quieren.

A la espera de sus respuestas, Sres. homófobos, reciban un cordial saludo.

(Hasta dentro de dos domingos, queridos lectores).

domingo, 8 de enero de 2012

¿POR DÓNDE AMPUTAR?

Año nuevo. Viejos propósitos. Dejar de fumar, hacer más ejercicio, insistir con nuestro inglés... Yes, we can. Claro que podemos pero, ¿qué tienen que ver los propósitos de año nuevo con la filosofía?
            Siglos de oscurantismo religioso barrieron de Occidente cualquier libro que no tratara sobre almas y dioses. Fue barrido – literalmente hablando – todo texto que no tratara sobre “las verdades de la fe”. Pero dioses y almas no eran los temas que seducían a muchos filósofos griegos y romanos a los que los escolásticos medievales marginaron con toda su “mala fe”. La gran pregunta de la filosofía clásica era cómo vivir nuestra vida de la mejor forma posible. Creo que ésa es la pregunta a la que intentamos responder cada vez que – al inicio de un nuevo año – nos replanteamos nuestras vidas.

Mi 2012 empezó en Lisboa. Tenemos la tradición familiar de que la primera semana del año sea también nuestra semana de vacaciones viajeras. En realidad se trata de una tradición que iniciamos en enero de 2011, pero pienso que, para que una tradición sea buena, no tiene por qué ser antigua: sólo tiene que ser agradable de seguir. Y a  mi mujer, a mis hijos y a mí nos está gustando eso de viajar juntos en enero en lugar de en verano.
            Estábamos en la parte de arriba, la sin techo – qué tiempo tan magnífico nos regaló Portugal – de un autobús amarillo (un Yellow Bus para todos aquellos que aún no hayan desistido en el empeño de dominar «la lengua de Mr. Bean». Cierto: lo habitual es referirse al inglés como «la lengua de Shakespeare». Pero, qué quieren que les diga, aunque no quede tan distinguido citarle a él, Mr. Bean me parece genial, igualmente).
Al llegar a una plaza llamada Rossio, la voz enlatada de la audioguía nos contó que, desde siempre, esa plaza había sido el corazón de la ciudad. Que allí era donde, por ejemplo, se celebraban los autos de fe. La pregunta infantil no se hizo esperar. «¿Qué es un auto de fe?».
            Fue mi mujer la que les explicó en qué consistía un auto de fe. Admiro la facilidad que tiene para contarles cosas de forma sencilla y breve. Recuerdo que, mientras la escuchaba, me dio por pensar que, en mi caso, para responder a las dudas de mis hijos, escribo libros enteros. ¡Qué bruto!

Me dio por pensar más cosas, mientras paseábamos por Rossio. Me dio por pensar que teníamos mucha suerte de que el humo que llegaba fuera el que salía de la estufa de una señora que vendía castañas y no el de una hoguera de esas que antes se encendían todos los domingos, allí mismo, para quemar gentes. Mis hijos se quedaron tranquilos creyendo que quemar vivas a personas en nombre de creencias infundadas era una cosa del pasado. Preferí no hablarles sobre lo que el olor a castañas me había traído a la memoria. Preferí no hablarles sobre la noticia que, unos días antes, me había provocado una mezcla de miedo, ira, desazón, escalofríos... Preferí no hablarles sobre la zozobra que siento cuando contemplo cómo los integrismos religiosos, a otros niños que no tienen nuestra misma suerte, les siguen impidiendo filosofar, es decir, les siguen impidiendo aprender a vivir su vida de la mejor forma posible y, en lugar de ello, les siguen enseñando sandeces y barbaridades.

(Sí: está en inglés. ¡También es uno de mis propósitos de año nuevo!).

Sandeces y barbaridades, decíamos. Juzguen ustedes mismos: los adolescentes de Arabia Saudí tienen que estudiar – en unos libros de texto financiados por el gobierno saudí – cosas como que los judíos y los homosexuales deben ser exterminados. O como que todas las mujeres son débiles e irresponsables. O como cuál es la mejor forma de amputar manos y pies a los ladrones de acuerdo con la ley de la Sharia.
           Las fotos del libro estremecen, sin necesidad de sangre. Nunca hubiese creído que la simple visión de un pie y una mano me iba a provocar tanta pesadumbre. Pero claro, tampoco nunca antes había visto un pie y una mano acompañados de unas flechas – las típicas de los libros de texto – indicando los mejores puntos por los que amputar pies y manos a los raterillos.

El recuerdo de ese libro de texto, a su vez, me hizo acordarme – mientras seguíamos nuestro paseo por Lisboa – de otra foto: la del nuevo presidente del gobierno español jurando su cargo al calor de un crucifijo bien grande. Y esa foto me llevó a reflexionar sobre el argumento que he leído y escuchado mucho para justificar – incluso entre personas no religiosas – la presencia tan visible, tan intencionada, de símbolos religiosos en actos no religiosos de un estado aconfesional. El “argumento” vendría a ser el siguiente: «mejor que jure sobre la Biblia que sobre el Corán».
Ese “razonamiento” es una falacia filosófica. Sería como pedirle a una mujer maltratada que siguiera con su compañero porque éste le pega con la mano abierta y sólo de vez en cuando, siendo que otro podría hacerlo con el puño cerrado cada día (virgencita, virgencita, que me quede como estoy). No, no y no. No hay por qué soportar barbaridades por el miedo a otras peores.
 No hace tanto tiempo que el cristianismo defendía salvajadas similares a las que actualmente defienden los extremismos islamistas (no sé en Portugal, pero en España el último auto de fe público tuvo lugar en 1826, en Valencia). Y si ya no se encienden hogueras, no es gracias a la bondad de esa religión en particular, sino gracias a que muchas personas se esforzaron por desprenderse de la tiranía de las creencias infundadas y lucharon por poseer conocimientos científicamente adquiridos. Se esforzaron, por ejemplo, por estudiar anatomía en cadáveres (en contra de la prohibición de los dogmas religiosos) para saber cómo amputar. Amputar para salvar vidas, no para mutilar las vidas de los que no quieren creer en nuestras mismas fantasías. 
Por eso, aún siendo consciente de que la principal preocupación de la gente es el desempleo y no sobre qué juran su cargo los políticos, a mí me produce tanto resquemor que el nuevo ministro del interior de mi país – legalmente aconfesional, afortunadamente – diga que «tiene la íntima convicción de que Dios está muy presente en el Congreso. Las Cortes son el órgano legislativo del Estado y Dios, el gran legislador del universo». ¿Por qué me produce tanto resquemor? Pues porque tengo que confiar en que su dios no le susurre al oído recortes – amputaciones – distintos de los económicos.
 
            ¿Por dónde amputar? Pues, de ser necesario, por donde digan los médicos. Y en cuanto a lo que digan devotos religiosos y líderes políticos – de cualquier credo – por ningún sitio. Pero menos que ninguno, por el cerebro.
Ese es el principal propósito de mi año nuevo: rebelarme, en la medida de mis pequeñas posibilidades, contra todo aquel que quiera mutilar – manos o pies, clítoris o ideas – a cualquier persona, viva lejos o cerca de mí.